Hace unos días estalló un nuevo escándalo que involucra a personajes de gran importancia a nivel nacional e internacional. Desde que se dieron a conocer públicamente los llamados “Panamá Papers” , se han visto salpicados políticos y empresarios de todo el mundo, dejando en duda la ética empresarial por la cual se rigen el mundo del poder, la política y los grandes adinerados del mundo.

“Eso no es ilegal”, “todos los que tienen plata lo hacen”, son algunas de las frases que se escuchan en una población acostumbrada a la viveza y a la mal llamada malicia indígena. En parte tienen razón, la creación de compañías offshore no es un delito, pero la línea que las separa de la legalidad es bastante fina, sin hablar de la moralidad y la ética empresarial. Resulta por lo menos penoso, que presidentes y primeros ministros, los máximos dirigentes de muchos países, hayan utilizado este tipo de figura para esconder sus fortunas o para buscar beneficios relacionados con el pago de impuestos, mientras los ciudadanos del común se esfuerzan para pagar lo que les corresponde. El tema no solo aplica para políticos, sino también para empresarios como los millonarios Juan Armando Hinojosa y Ricardo Salinas, ambos mexicanos, dueños del Grupo Higa y de TV Azteca, respectivamente.

Preocupa entonces el tema de la ética empresarial en Colombia. Llevamos meses escuchando sobre diferentes “carteles”, que ya no son de droga, si no de azúcar, papel higiénico, y ahora último, el “cartel de los cuadernos”. En todos ellos, empresas emblemáticas del país se han visto inmersas en escándalos que las señalan de realizar prácticas ilegales como el acuerdo de precios entre competidores o concertar políticas de comercialización y estrategias de mercadeo, que van evidentemente en detrimento del consumidor final.

Pero los colombianos no nos indignamos, quizá son tantos los problemas del país que no tenemos tiempo para detenernos en eso. Parece que nos hemos acostumbrado a vivir en mundo y en un país fraudulento y vivaracho que quiere ganárselas todas, sin pensar que las prácticas corruptas son siempre medidas cortoplacistas, que entre muchas otras desventajas tienen el poder de permear a toda una sociedad, y en el caso de los empresarios, la cultura organizacional de sus compañías y sus empleados.

Parece que la ética se quedó en el baúl de los viejos recuerdos o en una clase de relleno, aunque obligatoria en todas las universidades. ¿De quién es la culpa? Juzguen ustedes.

maria-del-mar-montes

Cordialmente,
Maria del Mar Montes Velásquez
Directora Editorial El Indicador

firma-editorial

Hablemos !